Magía
- LAURA GUTIERREZ
- 26 oct 2025
- 4 Min. de lectura
I: La noche en que volvió la magia
Aquí estoy otra vez, frente a las palabras.Ha pasado tiempo desde la última vez que escribí, y había olvidado lo emocionante que se siente abrir el alma, dejar que la tinta se deslice sin juicio, decir lo que para algunos podrían ser disparates, pero que para mí son caricias para el espíritu.
Hoy vuelvo porque la marea bajó…y entre la calma, todavía puedo escuchar el eco de una noche que lo cambió todo.

Mis 28!Y esa foto fue el reflejo de un instante donde el universo decidió hacerme un regalo que no pedí, pero que necesitaba.No fue nada soñado, pero sí todo vivido. Fue vibrante, inesperado, puro.Esa noche me sentí viva, profundamente viva.Como si el alma se hubiera quitado el polvo del cansancio para volver a danzar.
Recuerdo el aire tibio, el brillo de las luces sobre el agua, el murmullo del viento que parecía acompañar cada pensamiento que no me atrevía a decir en voz alta.Fue una noche sencilla, y sin embargo, ahí nació algo.
Fue entonces cuando lo conocí…Aquel director.
No apareció entre violines ni partituras, sino entre risas, miradas y mucho escandalo, pero en medio de todo su presencia era un compás sereno, su voz una melodía que me invitaba a quedarme un poco más.Y de alguna forma, sin entender cómo, comenzó a dirigir una orquesta que llevaba mucho tiempo en silencio.Mi orquesta.
Yo no sabía que la tenía, o tal vez la había olvidado.Pero él la vio. La escuchó antes que yo misma.Dijo que mi orquesta sonaba a Caribe —que tenía los sentimientos de un mar que nunca descansa, que se entrega y se recoge, que brilla y también ruge.Y quizá tenía razón. Porque hay algo en mi alma que siempre se mueve con las mareas, que siente con la intensidad del sol y ama con la calma del atardecer.
Él, el director, también era caribeño.Tenía el alma como un hermoso mar: profunda, libre e imponente.Y en su forma de mirar, había algo que recordaba a las olas… suaves, pero imposibles de contener.
Desde entonces, cada nota, cada pausa, cada respiro de esa noche me acompaña.Era como si la vida entera hubiera decidido detenerse para que esa sinfonía ocurriera.Una sinfonía de emociones que se desbordaban sin permiso: el asombro, la ternura, el miedo, la esperanza.
No lo sabía en ese momento, pero esa noche no solo conocí al director…también me reencontré con mi propia música.
Desde entonces, he pensado mucho en la orquesta.A veces toca con fuerza, con pasión, y otras con un susurro apenas audible.Tiene sus días de tormenta, de confusión, de desorden… pero también tiene momentos donde todo se alinea, donde el alma entera se siente en armonía.
El director se ha alejado un poco estos días.Quizá necesita silencio, o mar, o simplemente tiempo.Las grandes orquestas también descansan.Y aunque la distancia duele, confío en que volverá.Porque una orquesta sin su director puede seguir tocando, pero no suena igual.Y yo quiero volver a escuchar esa melodía, esa que nació bajo las luces de una ciudad mágica, entre reflejos dorados y promesas sin pronunciar.
A veces me pregunto si fue real, o si fue la vida regalándome un ensayo general de algo más grande.Pero cuando cierro los ojos, vuelvo a sentirlo todo: el viento, la risa, la calma, el temblor en el pecho.Y entonces entiendo que sí, que fue real.Tan real como la magia.
Porque eso fue lo que descubrí esa noche: la magia existe.A veces toma forma de persona, de mirada, de coincidencia perfecta.Y cuando llega, no hay partitura que la explique, solo se siente.
Esa noche aprendí que la magia no se busca,ella te encuentra.Y cuando lo hace, te cambia.
Así que hoy escribo para recordarlo:que hubo una noche en que todo se alineó,una noche donde un alma caribeña me enseñó a escuchar mis propias notas,una noche donde el mar y la música se encontraron para crear algo que no tiene nombre,pero que suena a vida.
Y aunque el director esté lejos, sé que la orquesta lo espera.
Porque cuando el alma ha probado la magia…
ya no sabe vivir sin ella.
II: Y yo, simplemente, espero que vuelva la música.
Esa música que no necesita escenario, ni aplausos, ni luces.Solo el vaivén del mar, la sinceridad de las emociones, y el susurro de dos almas que aún se recuerdan.Porque a veces, lo que más nos transforma no es lo que se dice, sino lo que se siente en el silencio entre cada nota.Y ese silencio aún me habla. Me dice que todo lo que es verdadero no se pierde, solo cambia de ritmo.Que lo importante no fue cuánto duró la melodía, sino que haya existido.Y si alguna vez vuelve a sonar, que me encuentre lista, afinada, dispuesta a tocar con el corazón.
Desde entonces, camino con más calma.Ya no busco el ruido, sino la música que vibra dentro de mí.He comprendido que incluso cuando el director no está, el alma puede seguir interpretando su propia sinfonía —porque él dejó algo más que magia: dejó dirección.Y cuando la noche es profunda y el viento huele a sal, cierro los ojos y siento que todo vuelve: las luces, las risas, las notas, el mar.Y entonces sonrío, porque sé que esa noche no fue un final, sino el preludio de algo eterno.



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